jueves 8 de diciembre de 2011

Felipe Agudelo Hernández



CERVANTES
Para mi tía Omaira, para los suyos.

Sé que todos lo vivieron, los que sintieron temblar la tierra por el lodo con casas y los que vieron en televisión el llanto con gritos. Sin embargo lo contaré como si sólo yo lo supiera, como si ese barranco inofensivo hubiera sepultado a toda la ciudad y yo fuera el único sobreviviente, como si toda la ciudad fuera mi vida, de la que en este momento siento que soy el único sobreviviente.

Doce horas después de la catástrofe toqué los fantasmas del barrio Cervantes, los pude ver de cerca, pude sentir el barro que los llevó de un sueño tranquilo en medio de la lluvia como la mejor canción de cuna, a un sueño definitivo en medio de unos rezos entrecortados por la obligación del llanto. Y digo fantasmas porque sospecho que esta forma de inexistencia se otorga a aquel que se queda sin cuerpo, sin vida o sin un lugar donde vivir… a aquellos a los que ya nos les cabe un solo dolor. Estuve a punto de ser uno, de vomitar de rabia, de morir de frío, de barro, de impresión. Pero buscar que algo deje de doler equivale a intentar dormir sin sueño y, una tras otra, las imágenes fuertes fueron vaciándonos: el fantasma con muletas bajando una loma de 70 grados ante la voz de un nuevo desalojo, el fantasma octogenario a quien se le regaron del bolsillo de la camisa todos los antihipertensivos cuando se agachó para enterrar la pala, el perro fantasma ladrándole a sus dueños muertos, los tableros y el marcador borrable escribiendo inexorables letras, ojos fantasmales, rojos, leyendo con prisa para tomar la decisión de bajarse del taxi por la puerta de Urgencias o por la de Medicina Legal, fantasmas aplaudiendo el surgimiento de un brazo como una raíz sagrada, como una regurgitación de una tumba hastiada.

En cada esquina galletas de soda y baldes llenos de chocolate para todos, para el que sintiera frío por no tener casa, para el que tuviera muerte por no tener hijos, ni padres, ni hermanos desde hace poco, o simplemente para el que tuviera memoria o lo que llaman corazón. Nadie sentía hambre, porque también un fantasma es alguien que no siente hambre, pero nadie despreció el vaso plástico, caliente; tal vez porque lo prepararon con la sangre de todos y un poco de canela, o porque intentaban de alguna forma no parecer fantasmas para que los otros, muertos o no, siguieran viviendo en ellos. Existe la bondad, pero sólo se reafirma en la muerte o cerca de ella ―porque también un fantasma es alguien que siempre está a punto de morir―: todos queremos realizar, antes de no estar, nuestra mejor acción.

En ese lugar, aquella noche, nadie quería dejar el barrio; así la muerte se hubiera sentado a la vuelta de la esquina, querían cavar todos, valientes, servir chocolate, hervir agua para el café o la sopa, encenderle un cigarrillo a quien encarnaba el desespero, quitarse la correa para amarrar los cuerpos que sacaban, avisar que venía la ambulancia con un renacimiento, parto de la tierra instrumentado con palas y una retroexcavadora; en la iglesia llegaba la comida, las frazadas, el agua en bolsa: un espíritu unitario, espíritu sólo... Extrañamente todos tenían el mismo rostro, las mismas manos, las mismas botas; sacaban a alguien sin cabeza, entonces nadie tenía cabeza; sacaban a alguien con vida, y todos tenían vida; un niño muerto, y todos le devolvían al pasado los años logrados.

 Pero pasarán las cosas. Se creará una leyenda entorno al barrio y a estas personas. El espacio vacío, visto desde el cable aéreo, nos recordará que allí alguna vez hubo un dolor que tampoco pudo contenerse por componerse de agua. La muerte se marchará de Cervantes y con ella la solidaridad, el dolor de todos. No importa que quede como cicatriz la pena de ver cómo alguien pierde su casa, su existencia y, lo que considero peor, cómo no encuentra el cuerpo que tanto vio y tanto quiso: cómo pierde una vida sin un cuerpo para homenajear, para agradecer por haber albergado a una persona amada, para llorar con calma; no importan las cicatrices del alma, cada quien las tiene. Pero lo que sí debemos pensar, lo que no se debe dejar de sentir cuando termine el rescate, cuando se entierren de nuevo los cadáveres en una tierra apropiada, cuando se recuperen del cuerpo los afectados, heridos en la mente para siempre… cuando ya nadie nombre al barrio Cervantes, es que ocurren a diario pequeñas tragedias que permitimos, muertes insidiosas con culpables silenciosos, que pueden terminar en evidencia con un desastre, como esta vez, o simplemente en absoluto silencio, como casi siempre. Lo que importa, es que después de lo que está pasando todos quedemos con algo de sensibilidad para poder entender que también hay tragedias cotidianas… 

¿Qué puedo hacer por todos los que murieron? Nada, gritar bajo el agua. Imaginar que vuelven de ningunaparte, o que yo voy, y abrazarlos fuerte, y ensuciarme esta estúpida camisa tan blanca y tan seca, tan planchada.