La rebelión del sanitario. (Contado de oídas)
Un amigo común,- se verá porqué no se dirá ‘un amigo de la casa’ – que solía contabilizar los remolinos evacuados del sanitario y que tenía la incontinente manía de derramarse en heces en el pacífico aroma de mi hogar, arribó del suyo confundido de si tan inusitada aparición como atestiguó, pertenecía a dependencias oníricas o bien a su narcotizada vigilia cotidiana: se trató de una manifestación en la que su propio sanitario le expresó su desprecio y le hubo descrito con detalle la conspiración vengativa que habría de planear… El hombre pronunció algo como que “en una de esas noches más negras, animada por aspersiones estelares de fulgor arbitrario, sentí murmullos acuíferos provenientes del excusado, a los que resté cuidado y me inserté en un sueño lento que permitía aletear en el inconsciente”.
Lo cierto es que en una de tales lobregueces, me vi defecando en un sanitario pensativo, e imaginé que la resignación con la que últimamente hacía sus torbellinos nauseabundos, se debía a la frustración callada de tener que recibir lo peor todo el tiempo, mas razoné en su favor que al menos la suerte de los lavabos públicos e institucionales no le era, en nada comparable.
Siempre que hubiera personas ajenas a esta morada se podían percibir los rumores lamentosos provenientes del recinto del aseo- o bien del desaseo- . Pareciera como si los sonidos revueltos con heces amenazaran con sembrar pesadillas malolientes.
Estremecida en su pundonor ante la alimentación desechable de tía Graciela-abundante en mantecosas frituras industriales, harinas de todo tipo y delicias azucaradas- el retrete, en antiguo vilo, aguardaba que un infarto le pasara cuenta de tan venenosa glotonería. Consolaba su infortunio, entonces con la embadurnada humillación del papel sedoso y blanco, pero su vergüenza se acrecentaba al recordar que debía engullirlo todo. Y allí estaban en medio de fluctuaciones burlescas, el lavamanos narigón y la ducha, con una complicidad muda que buscaba enloquecer de una ira hirviente al inodoro, furia que lograba canalizar en el nado circunferente de la hiel, en una ceremonia tan repetida y sórdida que haría cualquier cosa, con tal de evitar esa humillación que se agriaba en los intestinos.
La pesadilla diarreica de tía Graciela, amenazaba el aposento sanitario, que debía, sin embargo, aguardar con fe, que los jóvenes vomitadores y ebrios, no se sintieran indigestos a media noche.
Su cansancio era tan notorio (del inodoro), que ya no había júbilo en su remolino vinotinto, e incluso los satisfechos expulsores debían arrojar cubetas de agua para contribuir a la deglución sonora de la resignada taza, una Raymond, muy antigua, de sinuosidades esculpidas. Cierta temporada en la que parecía no soportar más, hubo de ingeniar la forma de cobrar venganza. Sentíase iracundo por el abandono mortecino del que fue víctima en el periodo en que no hubo suministro de agua, de modo que dispuso, cerrando decididamente sus tapas meadas, a rebelarse contra el próximo talego de excremento. Planearon entonces sus válvulas húmedas, durante una noche, la más negra y ya sin astros salpicados, taponar las vías y trampear las palancas, en una sublevación que había fermentado varios días, días en los que había olvidado la sensación diáfana de soltar sus aguas.
Tía Graciela se disponía entonces a hacer del cuerpo, apurada y más pesada que nunca, corriendo en fulminantes pasos, sintiendo derramarse en sus calzones y entrecerrando la boquilla sensible del ano. El estruendo afanoso de la puerta vidriada del baño aguzó al sanitario y a sus aguas de translúcido disfraz. Se sentó de un suspiro- obesas carnosidades sobraban el asiento de cerámica- mientras escarbaba con las uñas de los índices, la mugre de las demás.
Se había demorado como nunca antes, tanto que pudo resolver un crucigrama de la prensa del día -uñas limpias-; y la losa incluso temió que la aquella dama despreciable hubiera olvidado halar aquella trampa maloliente que tanto hubo urdido. Fue entonces cuando en instantes satisfechos, tía Graciela soltó las aguas de un jalón inesperado y el intervenido volcán de cerámica, erupcionó con la fuerza exacerbada de la venganza, y la lava pútrida y gelatinosa con los colores opacos del mal olor impregnaron hasta los confines de las baldosas recién trapeadas y se abalanzaron hasta los cogotes de tía Diarrea, quien absorta y fétida, tuvo la leve intuición de que todo había sido planeado por las amígdalas demoníacas del retrete, que según imaginaba, maduraban en las noches más sombrías del mes.